Racismo y emancipación
Domingo 5, Septiembre del 2010
La Asamblea Legislativa Plurinacional tratará, en breve, una Ley Contra el Racismo. El anuncio de la comisión encargada de elaborar un primer informe estaba dentro de lo previsible: los conductores del proceso de cambio, dado la naturaleza del gobierno, no podían dejar de abordar una de las expresiones más contundentes de la colonialidad.
Sin embargo, los problemas se presentan cuando los partidarios de una ley contra el racismo se dividen en dos grandes grupos: por un lado, lo que se inclinan por construir una normativa predominantemente coercitiva, sancionadora de los racistas y discriminadores y, por otro, los que sugieren crear una materia que encare la problemática en las escuelas y colegios, así como en los primeros cursos del sistema universitario. El común denominador de ambas miradas es la confianza en los efectos positivos de la ley.
También existe una tercera corriente, menos “juridicista”, inclinada más bien a atacas las causas estructurales que han determinado el origen y el desarrollo del racismo en Bolivia: es decir, en priorizar el cambio de la estructura social y económica, así como de las relaciones de poder, materiales y simbólicas, derivadas de un orden capitalista y colonial. No es posible negar que las clases sociales y su lucha se constituyeron por el color de la piel y la naturaleza de los apellidos. Así el colonialismo y el capitalismo fueron hermanos gemelos de dos objetivos comunes: la enajenación de todas las formas de trabajo y la enajenación de la naturaleza. Esa es la historia desde que los europeos invadieron el continente y la república de Bolivia —desde su fundación— no ha cambiado la tendencia hasta el inicio del actual proceso de cambio.
A partir de la irrupción indígena-campesina y de la constitución del gobierno del presidente Evo Morales existe la condición de posibilidad de avanzar en la resolución de la problemática del racismo, para lo cual se requiere cambiar además la subjetividad que la fundamentaba. No se trata de voltear la tortilla para que los colonizados terminen pensando y actuando como los colonizadores, como a veces se aprecia en algunos dirigentes del proceso. Actuar en esa dirección sería reproducir la colonialidad y, por tanto, mantener viva la subjetividad del capitalismo. Es perfectamente entendible algunos excesos cometidos, más políticamente no ayuda mucho. El momento en el cual el discriminado pasa a la categoría de discriminador lo que hace no es emanciparse ni así mismo ni aporta a la emancipación de la humanidad, sino más bien alimenta las condiciones objetivas y subjetivas de la explotación y la opresión de todas las formas de vida.
De ahí que más que una ley se requiere seguir avanzando en la profundización de la revolución. De la revolución política con la cual se ha producido el desplazamiento de un bloque de poder por otro nuevo, con conciencia plurinacional y latinoamericana, se deben dar pasos para pasar a la revolución social con horizonte socialista, en la que todos los seres humanos nos miremos y tratemos como iguales.
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